Una noche como esta de hace 23 años…

Sevilla, París y Buenos Aires latían apasionadamente una noche como esta de hace 23 años. España, Francia y Argentina se jugaban a cara o cruz su presencia en Mundial de Estados Unidos. Sevilla fue la sede oficial de los partidos de España durante más de diez años. Aquella noche del 17 de noviembre de 1993,  el Ramón Sánchez Pizjuán, la Bombonera de Nervión, rugía como siempre dispuesta llevar en volandas a la selección.

De la angustia al éxtasis 

España, de la mano de Javier Clemente, dependía de sí misma para estar en el Mundial americano, pero necesitaba ganar a la vigente campeona de Europa, Dinamarca, dirigida por Richard Möller-Nielsen. Fue un título contra todo pronóstico. Se produjo un año y medio antes, en la Eurocopa de Suecia en 1992, a la que Dinamarca acudió invitada por la descalificación de Yugoslavia tras el embargo de la OTAN, ya en los albores de una cruenta guerra civil.

No eran tiempos fáciles para el fútbol español. España no acudió a la Eurocopa en la que Dinamarca fue campeona. La fase de clasificación para el Mundial 94 significó la ruptura de la selección con la Quinta del Buitre. Clemente fue prescindiendo paulatinamente de Butragueño, Míchel y por último de Martín Vázquez. Con Sanchís nunca contó. Armó un bloque competitivo basado en un bloque muy físico, sin cabida en el once para futbolistas de talento puro. El sacrificio era innegociable y primordial.

Dinamarca fue campeona de Europa sin Michael Laudrup y por esas paradojas que sólo tiene el fútbol, al mejor jugador de la generación anterior, la suya y la siguiente, le estaba costando rendir como antaño en la selección. A los diez minutos, Zubizarreta derribó a Laudrup fuera del área y España se quedó con diez hombres. Andoni, con aquella pose tan suya: brazos abajo, mirada al cielo y dientes apretados; lamentó su desdicha. Su agonía en ese momento era el espejo de toda España.

La selección apretó los dientes y a Dinamarca se le aparecieron todos los fantasmas. Arkonada, Butragueño y Gordillo, sus verdugos en la Eurocopa 84, Mundial 86 y Eurocopa 88, estaban presentes en el subconsciente danés. Sobre la hierba se topó con la picardía de Jose Mari Bakero, un Fernando Hierro sublime y Santiago Cañizares tocado por una varita. Entró por Camarasa tras la expulsión de Zubizarreta y lo paró absolutamente todo.

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Bakero, que ganó dos ligas con la Real casi antes de salirle los dientes, sufriendo después la incomprensión nacional, con su famoso pase atrás en el Barcelona, cuando esa acción del juego no era volver a empezar y sí un retroceso en el ideario colectivo, fue un jugador absolutamente clave. A los 63 minutos se colocó estratégicamente debajo de Schmeichel a la salida de un córner. El portero danés tropezó con él en su salida  y Hierro se elevó por detrás, majestuosamente, para certificar de cabeza el pase de España al Mundial.

Bulgaria tomó París

A muchos kilómetros de distancia, en París, Francia entera soñaba con volver a un Campeonato del Mundo, tras estar ausente en el de Italia 90. El gol de Cantona a la media hora desató la euforia. Cuando nada hacía presagiar lo contrario, a Francia le temblaron las piernas. Kostadinov empató cerca del descanso. El empate también le servía a los galos. La ansiedad invadió el Parque de los Príncipes. Con Letchkov y Balakov a los mandos, Bulgaria comenzó a jugar cada vez mejor. En el descuento, David Ginola perdió un balón casi en la línea de fondo del área búlgara. Los de Dimitar Penev armaron una contra letal que concluyó con un golazo de Kostadinov, batiendo a Bernard Lama.

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Francia quedaba fuera del Mundial por segunda vez consecutiva. Ginola y Cantona nunca disputarían ya una Copa del Mundo y Papin perdió el último tren. Hubiera sido su segundo Mundial, tras el de México, pero con un rol de líder muy distinto. París lloró desconsoladamente la eliminación de Les Blues.

Maradona acudió a la cita

Unas horas más tarde, el Monumental de Buenos Aires se engalanó para recibir a Australia en la vuelta del repechaje entre la Conmebol y la Confederación OceánicaTras el cero a cinco de Colombia, dos meses antes el mismo Monumental, el ambiente era irrespirable. La tapa negra de El Gráfico, en la que sólo se leía la palabra VERGÜENZA, supuso un antes y un después. Alfio Basile, que sustituyó a Bilardo tras el Mundial del 90 conquistando las Copas América del 91 y del 93, recurrió a Maradona. Diego, que no jugaba con la selección desde la final del Mundial de Italia, acudió a la cita para liderar a la albiceleste en una eliminatoria sin vuelta atrás. En la ida, jugada en Sidney 15 días antes, Maradona depositó un balón en la cabeza de Balbo que supuso el empate a uno final.

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El Monumental de desgañitó con el ya mítico “vamo, vamoooo, Argentinaaaa, vamo, vamoooo, a ganaaaar…”. A los sesenta minutos, Gabriel Omar Batistuta resolvió un barullo dentro del área como sólo él sabía hacer. Ese gol catapultó a Argentina al Mundial. Sólo Dios sabe como hubiera terminado aquel torneo,  si Argentina no hubiera perdido a su capitán tras la victoria ante Nigeria en el segundo partido del grupo. Pero eso ya es otra historia…

Aquella noche de hace 23 años, tres ciudades maravillosas vivieron por y para el fútbol. Al final, dos sonrieron y otra lloró amargamente, en un día que figurará para siempre en la historia del deporte más bonito de mundo.

 

 

 

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